Tuesday, July 11, 2017

RAÚL CASTRO: "LAS LÁGRIMAS RODABAN POR MIS MEJILLAS" JUICIO A ARNALDO OCHOA. 11 DE UNA SERIE

 
Raúl Castro
Lissette Bustamante
CARTA A RAÚL CASTRO
Ud. tenía que condenar a quien fuera uno de sus mejores amigos: el general Arnaldo Ochoa Sánchez, a quien usted llamaba “el negro” por su piel bronceada; el hombre con el cual compartía sus insatisfacciones, sus secretos entre sombras. Admiraba en Ochoa su calidez y espontaneidad. No tenía pelos en la lengua. Hablaba con una claridad y transparencia tan sorprendentes que supo ganarse la admiración no sólo de los militares, también de la población, lo cual irritaba a su hermano comandante.
Recuerdo que un lunes 29 de mayo de 1989, se reunió con los generales Abelardo Colomé Ibarra y Ulises Rosales del Toro, para discutir el nombramiento de Ochoa como jefe del Ejército Occidental, el más importante junto al Oriental. Recuerdo que ese mismo día por la tarde usted le comunicó a Arnaldo que su carrera sería interrumpida, lo que su amigo comprendió. Por algunos de sus ayudantes supe después que le dijo a “el negro”, que pasara lo que pasara, siempre serían hermanos. Pero ministro, ¡qué poco duró esa hermandad prometida!
Dos días después, conversó a solas con Ochoa. El 2 de junio de 1989, el héroe de tantas guerras, desde el desembarco de bahía de Cochinos hasta la feroz embestida sudafricana en Cuito Canavale, en Angola, entró en su despacho para hablarle como tal vez nunca lo había hecho. Ya Arnaldo estaba harto de los métodos de su hermano comandante. Había visto en África y en otros países lo fácil que le sería a Cuba obtener recursos con un poco más de apertura política y mental. Usted sabía que su amigo del alma había defendido siempre a la tropa. Cuando el hombre aguerrido salió de su despacho ya sabía que sus días estaban contados.
Quizá Ochoa pensó que sus oficiales en Angola, los mismos que iban a su modesta casa en el barrio de Nuevo Vedado para compartir unos tragos y hablar de política, esos mismos hombres a los que había ascendido, lo apoyarían. Pero no, se quedó solo.
 El general Arnaldo Ochoa fue arrestado el 12 de junio de 1989. Fidel estaba colérico y exigió medidas ejemplarizantes. Le ordenó que cortara las cabezas de las serpientes que envenenaban su Revolución. “El negro” ha sido uno de los héroes de la República de Cuba y admirado en Venezuela, Angola, Etiopía y Nicaragua. Yo también lo respetaba y me impresionaba su modestia que contrastaba con la arrogancia de otros. Usted sabe a quienes me refiero. No hace falta mencionar nombres.Vuelvo a la Sala Universal de las FAR.
Corría el mes de Junio de 1989. Día 14. Allí pronunció un discurso desastroso y ridículo, tal vez el más lamentable y difícil de toda su vida. ¡Qué duro fue ese verano de 1989! Una vez más Fidel lo ponía contra las tablas. La orden fue clara: explicar a los oficiales del ejército que Ochoa había caído en desgracia. Fue arrestado para acusarlo de traidor. Recuerdo que en esos días era imposible conciliar el sueño.
El escenario mundial de aquel momento era muy relevante y decisivo. El sindicato Solidaridad había ganado las primeras elecciones libres en Polonia el 4 de junio de 1989; Hungría se preparaba para comicios libres; 100 mil mineros siberianos estaban en una huelga indefinida; millones de soviéticos exigían la autonomía desde el Báltico hasta Georgia; los primeros martillos empezaban a golpear el muro de Berlín y la URSS se convulsionaba con la glasnost y la perestroika.
Con “el negro” ya yo había compartido simpatías por el proceso iniciado por Gorbachov. Y usted y Vilma lo sabían. Nos sentíamos impotentes, frustrados, asustados porque Fidel había decidido eliminar a Ochoa de su escenario de poder.
No sé si Lorenzo, que ha sido su asistente personal, le dijo que yo también lloré, no tanto como usted. Fidel esperaba que no se saliera del discurso escrito, revisado y controlado por el comandante. La tensión nerviosa que tenía era evidente para los que lo conocíamos. Comenzó a decir disparates cuando intentaba salirse del guión elaborado para su escenificación. Admitió que sentía un profundo dolor por lo que tenía que hacer. Ha sido su más patética actuación. Yo sabía que usted no estaba borracho como muchos creyeron y aún afirman. No supo mostrar la astucia de otros momentos y mucho menos enfrentarse a su hermano.Después del 14 de junio se acumularon diez días de interrogatorios.
El 22, el periódico Granma publicó un extenso editorial escrito de puño y letra por Fidel, en el que se hacía un relato pormenorizado de los hechos que el comandante entretejió para convertir a Ochoa en cómplice del más importante productor de cocaína del mundo, Pablo Escobar Gaviria. Así su hermano barbudo comenzó el exorcismo. El 25 de junio se inició la farsa judicial. No me olvido que una semana antes, el Día del Padre, Arnaldo recibió en su celda a sus tres hijos, Yanina, Diana y Alejandrito. Les prometió que colaboraría para salvar su vida. Por ellos, por sus hijos, expresó un arrepentimiento público.
Se declaró culpable y manifestó que su último pensamiento ante el pelotón de su ejecución sería para Fidel. Ministro, en el mes de julio, poco antes de que se cumpliera la orden de ejecución usted reconoció que no hizo nada por salvar a su amigo de las balas que recibió de seis tiradores en un potrero cercano a la base aérea de Baracoa. Tal vez para encontrar un poco de paz en su conciencia dijo públicamente que había llorado en su despacho del Minfar. Lamentaba la suerte que esperaba a los familiares, amigos y admiradores de Arnaldo.
Usted no podía soportar el peso de su conciencia. El espejo del baño de su despacho mostró la cara de un Raúl destruido y aplastado por Fidel. Se había arrancado una vida en nombre de la Revolución. Estalló el llanto. “Las lágrimas rodaban por mis mejillas”, declaró con una aplastante tristeza. Como usted mismo reconoció primero sintió rabia contra sí mismo. “Luego recobré inmediatamente la compostura y entendí que estaba llorando por los hijos de Ochoa”, por Yanina, por Diana y por Alejandro, a quienes conocía desde su nacimiento.
Tal vez aún hoy siente un profundo dolor por haber contribuido a borrar de la historia fidelista de Cuba al general Arnaldo Ochoa Sánchez. Tal vez el dolor no se aplaca porque no evitó que mientras amanecía el 13 de julio de 1989, fusilaran en La Habana a su amigo “el negro”, también al coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón Trujillo y al capitán Jorge Martínez Valdés. En las semanas siguientes fue destituido el ministro del Interior, el general José Abrahantes Fernández, quien poco después murió en la cárcel en extrañas circunstancias.
Estos fueron los momentos más difíciles y oscuros que se han vivido desde el inicio de la Revolución en 1959. Y me pregunto, ¿siente remordimientos? ¿Cómo puede sobrevivir con el peso de ese crimen?Su actitud despertó un sentimiento de miedo y parálisis enciertos niveles de la oficialidad cubana y, a su vez, muchoshombres que compartieron penurias y vicisitudes de riesgo en Etiopía, Angola y Nicaragua junto al general Arnaldo Ochoa Sánchez no olvidan, ministro, que usted no fue capaz de negarse, aunque fuera por una vez, a protagonizar aquel disparate. En fin, mi carta es para que sepa que las páginas de este libro ni pretenden salvarlo del juicio de la historia ni ajusticiarlo.

Raúl Castro, a la sombra de Fidel.  El libro está a la venta en España, Miami y en otros países
Lissete Bustamante es periodista, escritora y fotógrafa. Ha trabajado para televisión, radio, periódicos y revistas. Su carrera se ha desarrollado entre La Habana, Europa, América Latina, y países árabes. Actualmente reside en Miami.

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